La nueva era de Apple

    Hay empresas que mueren en silencio. Poco a poco, sin que nadie lo note demasiado, van perdiendo el pulso hasta que un día simplemente dejan de existir. Y hay empresas que, cuando todo apunta a ese final, hacen algo inesperado: resucitan. Apple, a mediados de los noventa, estaba a punto de convertirse en la primera. Lo que nadie podía imaginar es que acabaría siendo la segunda.

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Una empresa al borde del abismo

    Para entender lo que pasó en 1997, hay que situarse en el contexto. A mediados de los noventa, Apple era una sombra de lo que había sido. La empresa que había puesto el ordenador personal en manos de la gente con el Apple II, y que había revolucionado la interfaz gráfica con el Macintosh, se encontraba en caída libre.

    Las cuotas de mercado se desplomaban. Microsoft dominaba el mundo con Windows 95, que —seamos honestos— había cogido prestadas muchas ideas de la interfaz del Mac, y lo había hecho funcionar en el hardware barato de cientos de fabricantes distintos. Apple, en cambio, seguía empeñada en controlar cada tornillo de sus máquinas, lo que se traduía en precios más altos y menos usuarios. El resultado era una espiral muy difícil de romper: menos usuarios significaba menos desarrolladores, menos software, y eso a su vez espantaba a más usuarios.

    Por si fuera poco, internamente la empresa era un caos. En esos años, Apple había pasado por varios consejeros delegados sin que ninguno consiguiera enderezar el rumbo. John Sculley, el hombre que en su día había expulsado al propio Steve Jobs —sí, ese mismo— había dejado la empresa en 1993 sin haber resuelto los problemas estructurales. Le siguieron Michael Spindler y luego Gil Amelio, que intentó sanear las cuentas con recortes masivos pero no encontró la fórmula para devolver a Apple su identidad. La empresa perdía cientos de millones de dólares cada trimestre. En algún momento de 1997, sus reservas de efectivo eran tan bajas que varios analistas calculaban que le quedaban noventa días de vida. Noventa días.

El hijo pródigo regresa

    La historia de Steve Jobs y Apple es una de esas narrativas que, si la viera en una película, te parecería demasiado dramática para ser real. Jobs había cofundado la empresa, había sido el alma de la Macintosh, y en 1985 había sido apartado por la propia junta directiva —empujada por Sculley— en medio de una lucha de poder que dejó cicatrices en ambos bandos.

    Durante esos doce años de exilio, Jobs no había estado precisamente de brazos cruzados. Fundó NeXT, una empresa de ordenadores enfocada en el mercado profesional y universitario, cuyos equipos eran técnicamente brillantes pero demasiado caros para el gran público. También compró una pequeña empresa de animación por ordenador llamada Pixar a George Lucas, cuando todavía era un estudio marginal. Esa pequeña apuesta se convertiría en 1995 en la película Toy Story, el primer largometraje animado completamente por ordenador, y en un éxito descomunal.

    Pero el verdadero punto de inflexión llegó a finales de 1996. Apple, desesperada por modernizar su sistema operativo —el Mac OS clásico mostraba sus años con demasiada claridad—, buscaba comprar una plataforma tecnológica sobre la que construir el futuro. Evaluaron varias opciones y al final escogieron NeXT. Pagaron 429 millones de dólares. Con la compra, claro, venía el creador.

    En septiembre de 1997, tras meses de movimientos internos, Steve Jobs fue nombrado consejero delegado interino —el iCEO, como él mismo lo llamó con su habitual sentido del humor—. Tenía 42 años, una empresa prácticamente en quiebra y, según él mismo contaría después, una claridad absoluta sobre lo que había que hacer.

    Lo primero fue el hacha. Jobs redujo la línea de productos de Apple de manera radical. Donde antes había decenas de modelos de Mac —con nombres y números que ni los propios empleados sabían distinguir— dejó solo cuatro. Cuatro. Un portátil y un de sobremesa para consumidores, otro portátil y otro de sobremesa para profesionales. Una cuadrícula limpia. Sin confusión. Sin canibalismo interno entre productos. Esa sola decisión simplificó la operación y envió un mensaje clarísimo: esto iba a ser diferente.

El pacto con el diablo, o casi

    Una de las escenas más surrealistas de ese período fue la que se vivió en la Macworld Expo de Boston, en agosto de 1997. Steve Jobs apareció en el escenario y, ante miles de seguidores de Apple, anunció una asociación con Microsoft. Bill Gates apareció por videoconferencia en una pantalla gigante, como una especie de figura omnipresente. El público abocheó.

    El acuerdo incluía que Microsoft invertiría 150 millones de dólares en Apple y se comprometía a seguir desarrollando Office para Mac durante cinco años. Para Jobs era un movimiento estratégico y pragmático: Apple necesitaba ese dinero y necesitaba que Office siguiera existiendo en su plataforma. Para muchos usuarios de Mac, que llevaban años viendo a Microsoft como el enemigo, fue un momento complicado de digerir.

    Pero Jobs tenía visión de largo plazo. Y lo que vino después le daría la razón.

El iMac: cuando un ordenador te hace sonreír

    En mayo de 1998, Apple presentó el iMac. Y el mundo de la informática personal tuvo que hacer una pausa.

    Hasta ese momento, un ordenador de sobremesa era, casi sin excepción, una caja beige. Rectangular, anodina, diseñada para ser funcional y para que no molestara demasiado a la vista. El departamento de diseño era, en la mayoría de las empresas tecnológicas, algo secundario. Lo importante era el hardware y el software. La estética era un extra.

    El iMac cambió eso de raíz. Diseñado por Jony Ive —un diseñador británico al que Jobs había rescatado del olvido interno de Apple—, el iMac era un ordenador todo en uno envuelto en una carcasa translúcida de color azul verdoso, llamada Bondi Blue. Se veían los componentes por dentro. Tenía curvas. Tenía carácter. Parecía algo de una película de ciencia ficción cercana y amigable, no el monolito frío de 2001: una odisea del espacio.

    Costó 1.299 dólares y era deliberadamente sencillo de usar. De hecho, uno de sus grandes atractivos era que venía con todo integrado: monitor, CPU, altavoces y, por primera vez en un Mac, conexión a internet lista para usar. La i de iMac era, precisamente, por internet, que en 1998 empezaba a convertirse en algo que la gente normal quería tener en casa.

    Vendió 800.000 unidades en sus primeros cinco meses. Fue el Mac más vendido de la historia hasta ese momento. Y lo más importante: volvió a poner a Apple en la conversación cultural. La gente hablaba del iMac no como de un ordenador, sino como de un objeto que querías tener en tu salón.

    Por cierto, si quieres ver cómo era realmente ese iMac Bondi Blue más allá de las fotos de catálogo, tengo el mío propio. Sí, has leído bien: el que compré para mi hija sigue en casa y sigue funcionando. Lo he incorporado al Museo Virtual INFOVIMAS, donde encontrarás más piezas de esta historia que estamos contando juntos entrada a entrada. A veces la mejor forma de entender lo que significó un objeto es simplemente verlo.





El regreso como lección

    Mirando atrás, el regreso de Steve Jobs a Apple en 1997 no fue solo el rescate de una empresa. Fue una demostración de algo que en tecnología se olvida con frecuencia: que el diseño, la coherencia y la visión importan tanto como las especificaciones técnicas.

    Apple no resucitó porque de repente fabricara ordenadores más potentes que la competencia. Resucitó porque encontró de nuevo una identidad. Una voz. Una manera de hacer las cosas que era reconocible, diferente y, sobre todo, deseada.

    El iMac fue el primer capítulo. Vendrían el iBook, el iPod, el iPhone, el iPad... Pero eso es otra historia. O mejor dicho, otras entradas.

    En 1998, Apple volvió a ser rentable por primera vez en años. Los noventa días que le quedaban de vida se convirtieron en décadas. Y ese hombre de cuarenta y tantos años que volvió a casa con una empresa en quiebra y una idea muy clara de lo que quería hacer, se convertiría con el tiempo en el nombre más asociado a la innovación tecnológica del siglo XXI.

    No está mal para alguien al que echaron a la calle de su propia empresa.

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¿Y tú? ¿Recuerdas dónde estabas cuando viste por primera vez un iMac? Cuéntamelo en los comentarios.

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